30 agosto 2006

Los chocolates del señor Constanza

Fedosy Santaella

(Casa de bruja de Tim Burton)

Había una vez una empresa en la que yo, Tacho Camacho, fui “asistente ejecutivo”.

Esa vez, de aquel día que te quiero contar, al final de la mañana, entró la bruja Fredebunda hecha toda una furia.

No entró por la puerta, claró está; lo hizo por la ventana y montada en su escoba, como lo hacen todas las brujas. Aterrizó frente al escritorio de Cristina y, antes de decir cualquier cosa, se acomodó la hermosa melena. Porque Fredebunda era una bruja muy bonita, parecía una actriz de telenovelas.

Después de acomodarse el cabello, Fredebunda pidió a gritos la presencia inmediata de “ese estafador”, el mismísimo señor Constanza, el Magnate De Los Negocios Rápidos, Frescos Y Cuantiosos, tal como él mismo se definía.

Pero antes de seguir, te voy a contar cómo conocí al señor Constanza.

Un día, el jefote (que entonces no era mi jefote) me encontró en la calle pidiendo limosna. Dijo que faltaba algo en “nuestro negocio” y me enseñó a hacer unos malabarismos con unas naranjas.

A los tres días regresó y me preguntó cómo andaba todo. Le respondí que me había ido mejor haciendo trucos en el semáforo que pidiendo por pedir.

Me dijo: “¿Ves? Si trabajas para mí, las cosas salen de mil maravillas”; y luego de yo entregarle un porcentaje de lo ganado aquellos días por concepto de “asesoría financiera”, me ofreció chamba como “asistente ejecutivo” en su empresa.

Yo, que no había quedado muy contento con el desembolso por la asesoría, arrugué la cara y lo pensé dos veces y hasta tres; pero, al final, me dije que podía aprender mucho del señor Constanza, y quizás, algún día, yo terminaría cobrando por asesorías y todo eso. Así pues, me fui con el jefote.

Constanza se metía en todos los negocios y todo lo sabía hacer. Tenía una tarjeta de presentación para cada caso. Una tarjeta podía decir “Constanza, amaestrador de pulgas”, y la otra “Constanza, experto en meteoritos marcianos”.

Unas semanas antes de que la enojada Fredebunda entrara por la ventana, el jefote le había construído a esta bruja una casa de chocolate en el bosque, ese que está al pie de la montaña y en el que se pierden los niños.

Ya sabes para qué las brujas quieren una casa de chocolate. ¡Claro, para atrapar a esos niños extraviados y hambrientos!

Al parecer, Fredebunda estaba buscando un nuevo constructor de casas de chocolate, porque ya estaba harta de los de siempre, que estaban cobrando precios astronómicos.

Así que, buscando presupuestos aquí y allá, fue a dar con el jefote, quien sacó dos tarjetas ideales para la ocasión. Una decía “Constanza, arquitecto”, y otra “Constanza, distribuidor autorizado de chocolates de primera”.

Al unir ambas profesiones, este señor de diente de oro y brillantes bigotes ensortijados, resultó ser el profesional perfecto para esta bruja harta de los altos costos de la vida.

El señor Constanza le dio a probar una barrita de chocolate y la bruja dijo: “¡Maravilloso, excelente!”.

De ese chocolate que el señor Constanza había comprado en la tienda de la esquina, no supe más. Pero sí de las cientos de cajas que el jefe compró a precio de gallina flaca –y disculpan las gallinas flacas, que modelos de pasarela serán-, a una fábrica de chocolates. Resulta que un saboteador profesional, contratado por otra fábrica de chocolate de la competencia, había echado sal, aceite de ricino y sopa de verduras a la coladora principal de chocolates de esta fábrica. Los bombones que surgieron de este sabotaje desleal supieron a mil infiernos. El portero de la fábrica, un rufián que conocía a mi jefote, le paso el dato de que de que había cientos de cajas de chocolates a punto de ser despachadas al basurero. Constanza, que en todo ve un negocio, habló con los dueños y les compró las cajas, a condición de no usar los chocolates para el consumo de los niños y si, en caso tal lo hiciera, que no apareciera el nombre de la fábrica por ningún lado. Ya sabes, para algunos todo lo que importa es el dinero.

Con las cajas y unas fotos que el jefote encontró en la revista para brujas “Arquitectura encantada”, nos fuimos para el bosque, seguidos de siete enanitos que encontramos sin trabajo en una esquina, a los que Constanza llamó “mano de obra calificada”. Yo, por cierto, fui nombrado “asistente supervisor”.

Así, mal que bien, terminamos la casita y, aunque estaba ligeramente más inclinada de un lado que de otro, la bruja la contempló feliz, pues la verdad que nos quedó muy parecida a la de la revista.

Fredebunda que, como ya dije, no era fea, le dio un apretujón al señor Constanza, feliz y de lo más agradecida, como también feliz y agradecido se le veía al jefote entre los brazos de ella.

De la abultada línea del escote, Fredebunda sacó un fajo de billetes que el señor Constanza, amablemente, no contó. Gud bai, o algo así dijo, y todos agarramos el camino de vuelta.

Ya en la ciudad, el jefote nos pagó con unos perros calientes de calle. Los enanitos, que estaban muertos de hambre, ni chistaron. Yo hubiera preferido comer en la pollera de enfrente, donde el señor Constanza sí entró, urgido de un baño, y de la cual salió media hora después, sobándose la panza y con un palillo entre los dientes. Al enenatito que se comió más de tres perros, lo tildó de “abusador”, le dio unos coscorrones y lo hizo a ir a limpiar la oficina al día siguiente.

Una semana después, el señor Constanza ya estaba hablando de mudarse, cosa que no me pareció rara, porque desde que yo trabajaba para él, nos habíamos cambiado de lugar nueve veces.

El jefote decía que él era un hombre inquieto y que, además, yendo y viniendo por el mundo, uno podía encontrar más negocios y ser más próspero. Yo, lo que nunca entendí, es cómo se puede tener prosperidad si no se le avisa de la mudanza a los clientes.

Para cuando Fredebunda estaba frente a Cristina pidiendo ver al “estafador”, ya habíamos recogido casi todas los cosas y estábamos listos para mudarnos al día siguiente.

Y sí, nos mudamos, pero no de la manera cómo el señor Constaza había planeado, y ya te contaré por qué.

Cristina, con su vocecita chillona y antipática, le soltó a la bruja:

-¿De parte de quién?
-¿Cómo que de parte de quién? –preguntó enfurecida la bruja.
-Lo siento, no la recuerdo –respondió inmutable Cristina, y luego repitió aburrida y chocante-: ¿De parte de quién?
-¡Que le diga al estafador de su jefe que estoy aquí! –estalló la bruja.
-No está –dijo Cristina, y se limó una uña.
-¿Cómo que no está?
-No está –volvió a decir Cristina y, antes de que se limara la otra uña, un rayo, proveniente de la varita mágica de la bruja, la pulverizó.

Yo, que lo estaba viendo todo desde mi puesto de trabajo, ni siquiera moví los párpados. No quería llamar la atención en lo más mínimo. Pero Fredebunda no estaba interesada en un niño flaco y feo, sino en cierto señor de bigotes ensortijados.

La bruja le dio un patadón a la puerta de la oficina privada del jefote. La puerta se abrió de golpe y descubrió al señor Constanza con medio cuerpo fuera de la ventana.

Fredebunda volvió a lanzar otro rayo y el jefote salió disparado hacia el interior de la oficina, donde quedó sentado en el piso, frente a la hermosa y enfurecida bruja, todo despeinado, los bigotes achicharrados y la camisa tan quemada que mostraba su enorme panza inflada de pollos.

-Señor Constanza –dijo la bruja-, aunque ya lo sabe, le voy a contar por qué estoy aquí.
-Yo puedo explicarlo todo –dijo el jefote con los ojos convertidos en unos enormes balones.
-Resulta que a los días de usted entregarme la casa, se apareció un niño –continuó la bruja sin prestarle atención al señor Constanza-. El niño arrancó un pedacito de chocolate, lo probó y puso una cara de asco que tendría que haberla visto porque no se la puedo describir. El niño tiró el trozo de chocolate y se fue. Después vino otro y lo mismo. Ahora, según me he enterado, todos los niños de la ciudad no sólo saben que en el bosque vive una bruja en una casita de chocolate, sino que el chocolate de esa casita sabe asquerosamente mal.

-Yo… yo… yo puedo explicarle, es que los de la fábrica me engañaron, de verdad, le juro que… -decía el jefazo.
-¡No me explique nada! –interrumpió la bruja.
-Pero es que…
-¡Pero es que nada! Usted es un tramposo, y la viva demostración de que lo barato sale caro.
-Preciosa señora, yo…
-¡Preciosa señora nada!

Entonces la bruja alzó de nuevo su varita y otra vez le volvió a salir un rayo que cayó sobre el señor Constanza, quien, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtió en sapo. Un sapo que se quedó allí, sentadito en sus cuartos traseros, frente a la bruja que ahora se reía a carcajadas del resultado de su hechizo.

Una vez que vació toda su risa y quedó agotada de tanto carcajearse, Fredebunda se montó sobre su escoba, me echó una mirada y dijo:

-Aprende, muchacho, a las brujas no se les engaña -y entonces salió disparada por la ventana.

El señor Constanza llegó dando saltitos hasta el lado de la oficina donde yo me encontraba. En vez de croar, eruptó, y luego lo escuché decir:

-¡Qué tonta esta bruja, venir a convertirme precisamente en sapo!

Ese mismo día, nos mudamos a los alrededores de un castillo y nos instalamos cerca de un estanque. Pasados unos días, una princesita apareció por el lugar y se encontró con mi sapo jefote sobre una hoja del estanque.

Tras unos matorrales, presencié la escena y, una vez más, fui testigo de la astucia del ¿señor? Constanza. En menos de cinco minutos, aquel sapo hablador, convenció a la princesa de que él era un príncipe azul. Ella lo besó y el sapo se transformó. Pero su cambio nada tuvo que ver con la sangre azul de un príncipe, sino más bien con una cola roja y ponzoñosa.

Así es, al sapo Constanza le salió una cola de alacrán con un enorme aguijón que, de inmediato, lo picó en el lomo. El sapo pegó un fuerte alarido, acompañado de un brinco que lo sacó del estanque. El aguijón lo volvió a picar y el sapo gritó y brincó unos metros más allá. Y así fue, una y otra vez, hasta que lo vi perderse en la distancia.

La princesita, deslusionada y triste, también se alejó del sitio. Y yo recordé las palabras de Fredebunda: “A las brujas no se les engaña”.

Te cuento que ahora, cada vez que veo a una bruja, me cambio de acera, aunque nada tenga que temer. Como buen estudiante de primaria que soy, aprendí la lección.

En cuanto al sapo Constanza, supe que anda de gira con un circo, exhibiéndose como el único príncipe azul del mundo que tiene la maldición más terrible de todas: haber sido condenado a ser un sapo-alacrán que se picará a sí mismo para siempre jamás.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Burbujea imaginación. Me encanta.

1:48 p.m.  

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